La rueda

En “Los demonios”, Dostoyevski presenta a Stepan Trofimovich, un caballero que vive convencido de lo “bello y lo cívico de su posición“, una persona bien formada que a fuerza de aprobarse a sí misma acabó por colocarse en “el pedestal que el mismo construyó tan alto como lisonjero para su vanidad”. Alguien que atribuía sistemáticamente las limitaciones de sus posibilidades a “torbellinos de circunstancias coincidentes”. Es imposible saber hasta qué punto la enormidad de sucesos que describe la obra son históricos o ficción. Seguramente esto tampoco ha ocurrido, lo que no implica que sea imprescindiblemente imaginado.

David Headhunter comenzó joven como consultor junior en una firma de prestigio internacional. Tres años de arduo trabajo le permitirían escalar al siguiente nivel de la jerarquía, consultor sénior, y así sucesivamente. Cuando llegó el momento le asignaron su primer proceso de selección importante. El cliente especificó que el candidato habría de estar preparado para trabajar una jornada extensa, y para aclarar el concepto utilizó la palabra “abnegación”. Este empresario esperaba empleados abnegados, por algún motivo no habría podido impregnarse del sano humanismo que emanan las facultades y las escuelas de negocios y en consecuencia no debía hallar mejor manera de resaltar su autoridad, pensó David Headhunter, quien no solo había ido a la universidad sino que impartía en la de su ciudad una asignatura recién nacida titulada “motivación y derecho del trabajo, impactos recíprocos”, y se percataba de la aberrante petición de su cliente. Luego calculó que si satisfacía el pedido facturaría quince mil euros empleando unas meras horas y un puñado de correos electrónicos. Era tan fácil que incluso tendría que extender el tiempo y hacer esperar intencionadamente a su cliente a fin de que a los ojos de aquel pareciera una misión compleja. Y no pensó más. Luego llegó otro y otro más, y money talks, y la ocasión hace al ladrón. Treinta años después David Headhunter cumplía sesenta y uno, estupenda edad en que un pacífico romanticismo le hacía contemplar la vida como un museo de viejos objetos conocidos y el futuro como algo que no ha de ser mucho mejor, o uno no podría ser el gran tipo que ha sido. Esa edad en que se aconseja a los jóvenes narrando las vivencias de una época, incluso las que entrañan actos vergonzosos, con cierto afecto. En definitiva, gloria, un placer conmovedor.

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