Sanlúcar de Guadiana a Isla Cristina

Sol y viento, candelas a raudales, empuje y densidad, rachas de colores, it´s whikeweather, dos tibias y una calavera. Por la mañana colinas, encinares, eucaliptos, jara y acebuches, por lo bajini amarilla aliaga y flor de lavanda, y a medio día la costa y sus pinares. Ciento treinta y ocho quilómetros.

Hay un plan para hacer un documental con esto, pero por mucho material que obtengan no podrán igualar la pila de videos que en solo dos días me han hecho por la carretera y los pueblos que atravieso; los coches aminoran y desde dentro los móviles apuntan y disparan, hasta la abuela. Los niños y niñas ríen, y sus padres ríen, y parece que son los autores de esta felicidad, “¿os ha gustado niños?”, como si les hubieran traído adrede a verme. Un hombre serio, grandullón, con un trabajo de hombre serio y grandullón ha sucumbido. Ocioso como estaba paseando junto a la carretera, sin apartarse mucho de su gasolinera, me ha visto venir desde lejos por la recta. Su expresión decía, “no querrás que me haga la más mínima gracia tu invento, yo soy un hombre serio y grandullón”. Y mirad cómo ha terminado.

Si alguien se trae entre manos algo muy serio, como un proyecto de negocio a punto de arrancar, que se tome en el último instante diez días libres y se meta un viaje físicamente extenuante, duro de verdad. Volverá transformado, fuerte y elástico, con la mente renovada y un puñado de ideas perfeccionadas, y por si esto no fuera suficiente, con la motivación que le proporcionará la sensación de logro acometerá su empresa con un poder mayor que si no hubiera partido.

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